"Canibalismo rioplatense" Punta Gorda - Febrero de 1516

Febrero. Historias para leer


El falso paso de la plata
Apenas se supo que Vasco Núñez de Balboa había divisado desde las alturas de Chucunaque un oceáno desconocido al otro lado de las tierras descubiertas por Colón, se disparó en España la carrera por encontrar el mítico paso hacia él.

Y uno de los primeros en salir en busca de ese pasaje que prometía una nueva ruta a la India fue el piloto mayor de la Corte, Juan Díaz de Solís.

Solís tenía poco más de cuarenta años cuando fue convocado por Fernando el Católico para organizar una expedición secreta en busca de aquel canal. No era la primera vez que saldría a buscarlo. Seis años antes, el Rey le había encomendando una misión similar junto a Vicente Pinzón, la que derivó en el hallazgo de la península de Yucatán. Ahora sin embargo se sabía con total certeza que ese océano existía.

Para evitar las protestas de la corona portuguesa, que poseía la única ruta hacia India, el propio Rey le dio instrucciones a Solís a fin de que nadie se enterara del propósito de la expedición. Debía prepararla como si fuera iniciativa suya, para lo cual se le entregaron cuatro mil ducados de oro con los que armar y aprovisionar tres naves y reunir a una pequeña tripulación.

Las naves se llamaban Portuguesa, Latina y Menor. Su tripulación total era de unos sesenta hombres. Partieron desde Sanlúcar de Barrameda el 8 de octubre de 1515 y, tras cruzar el oceáno por una ruta nueva desde el norte de África, aparecieron por Cabo Frío hacia Navidad. Con la costa del actual Brasil a la vista, la expedición enfiló hacia el sur y logró alcanzar así la bahía de Río de Janeiro en enero de 1516.

Siempre hacia el sur, estudiando cada uno de los accidentes en busca de algún estrecho que le abriera paso al otro mar, Solís descubrió la isla Santa Catalina y alcanzó días más tarde un puerto natural que posiblemente fuera el de Punta del Este y al que puso Nuestra Señora de la Candelaria. Allí bajó a tierra con algunos hombres para plantar su estandarte de leones y castillos y tomar posesión en nombre del Rey.

Para entonces el capitán comenzó a notar que el agua adoptaba un color cada vez más turbio y perdía salinidad, por lo que dedujo que habían ingresado a un río. Y aunque no se equivocaba, el tamaño inusual de aquel río —al que los nativos llamaban Paraná Guazú (grande como el mar) y que él mismo bautizó Mar Dulce— lo llevó a cometer el mismo error que Hernando de Magallanes años después.

Convencido de que se encontraba a las puertas del mítico pasaje hacia el otro mar, Solís continuó remontando aquel río y bajó a tierra en la isla Martín García para dar sepultura a su despensero, quien había muerto durante la travesía y en homenaje al cual la bautizó. Aquella muerte fue en cierto modo un preludio a la fatalidad que se avecinaba, ya que apenas unas veinticinco millas aguas arriba la expedición iba a llegar a su fin.

En la zona de lo que hoy se conoce como Punta Gorda, en el departamento uruguayo de Nueva Palmira, la tripulación divisó a un grupo de nativos que les hacían señas desde la costa invitándolos a descender. Ya fuera para conseguir víveres frescos o intentar obtener información sobre ese otro mar que buscaba, Solís resolvió desembarcar en un pequeño bote junto al contador Pedro de Alarcón, el factor Francisco de Marquina y cinco hombres más. Como hasta entonces sus encuentros con los indios habían sido amistosos, el capitán no dudó de sus buenas intenciones, aunque esta vez su error resultó fatal.

Decenas de aborígenes los esperaban emboscados al otro lado de la playa y apenas los españoles se adentraron en la costa cayeron sobre ellos con sus macanas. La masacre se produjo a la vista de la tripulación que, tras presenciar atónita cómo su capitán y el resto de los hombres eran apaleados hasta morir, vio a los indios despedazar sus cuerpos para comérselos.

De todos los españoles que habían ido a tierra, sólo uno logró sobrevivir. Gritó deseperadamente pidiendo auxilio a sus compañeros, que no se atrevieron a intentar un rescate. Con el capitán muerto, levantaron el ancla y emprendieron el regreso a Europa dando así por terminada la expedición. Atrás dejaban rodeado de caníbales a su tripulante más joven, el grumete Francisco del Puerto, que entonces tenía doce años de edad.

El hecho de que los indios no se comieran al joven grumete no sólo iba a tener futuras implicancias sino que además aporta un dato interesante sobre lo que tal vez ocurrió. Y es que si bien suele acusarse a los charrúas de haber devorado a Solís, este detalle que mencionan todas las crónicas hace más probable que fuera alguna tribú guaraní del delta del Paraná.

Además de que no existen otras referencias que asocien a los charrúas con episodios de canibalismo, la muerte de Solís y sus hombres parece más bien encuadrar en un ritual de venganza del pueblo guaraní. Dueños por entonces de un vasto territorio que se extendía desde el Amazonas hasta el litoral del Paraná, los guaraníes solían comerse a sus enemigos como una forma de incorporar sus virtudes guerreras. De ahí que los niños no fueran parte del menú.

Pero las mismas crónicas coinciden a su vez en un dato que no termina de cerrar: la precipitación con que todo pasó. Y es que lejos de tragarse brutalmente a sus rivales, los guaraníes lo hacían como parte de un elaborado ritual que debía cumplirse metódicamente: primero los sometían, luego los sacrificaban, después las mujeres se ocupaban de despellejarlos y finalmente, tras ser asados en largas parrillas, las partes de sus cuerpos eran distribuídas entre los miembros de la tribu según la importancia de cada quién.

De ahí que algunos historiadores creen que no fueron exactamente guaraníes, sino aborígenes guaranizados del Delta, los que se comieron a Solís. En la periferia de su propio pueblo, estos habrían conservado de su cultura madre la tradición pero no su contenido ceremonial. En suma, la forma en que uno se comía a su enemigo era para ellos un detalle menor.

El joven grumete abandonado estuvo viviendo muchos años con aquellos nativos. Del horror inicial pasó al acostumbramiento y más tarde a la asimilación. Cuando en 1527 fue rescatado por la expedición de Sebastián Caboto, Francisco del Puerto, ya un hombre de 23 años, sirvió como intérprete a los españoles, pero es probable que ya no se sintiera él mismo un español. El hecho es que tiempo después, durante una incursión al Pilcomayo, tomó partido por los nativos participando de un ataque sorpresa que terminó con la muerte de muchos de sus viejos compatriotas. Luego de aquel episodio se perdió en el monte y no se supo más nada de él.

Pero la expedición de Caboto no sólo encontró al antiguo grumete, sino también a parte de los compañeros que lo abandonaron y que habrían de quedar ellos mismos librados a los indios tras naufragar en la isla Santa Catalina unas semanas después. Con ellos iba a nacer la leyenda del Rey Blanco que habitaba una sierra de plata cerca de aquel río donde los nativos se habían comido a su capitán. Y aunque no existía ningún yacimiento de plata, al menos en ese lugar, la obsesión por encontrarlo llevó a muchos hombres a embarcarse en su búsqueda y terminó por darle al río el nombre que ha llevado hasta hoy.

Presentaciones y Espectáculos

Teatro

Los días 26, 27 y 28 del corriente mes, en las salas A y B del Centro Cultural Pasaje Dardo Rocha, calle 50 entre 6 y 7 se desarrollará el “Festival de la Comedia Municipal”,  un clásico de la cartelera cultural platense que ofrecerá al público la oportunidad de disfrutar, con entrada libre y gratuita, de obras de teatro para grandes y chicos.

Cine Select Móvil en el Museo Almafuerte

Todos los sábados los amantes del cine van a poder disfrutar de las mejores películas latinoamericanas en el museo Almafuerte, ubicado en avenida 66 Nº 530 entre 5 y 6. Entrada libre y gratuita.